GALLUR DURANTE EL DOMINIO ISLÁMICO (PARTE III)

Tras las dos partes anteriores de esta secuencia de artículos sobre el Gallur y su entorno bajo el dominio islámico, llegamos a la tercera parte para seguir avanzando en el tiempo. Si en la primera parte hablamos de cómo fue la llegada de los conquistadores a partir del año 711 y más concretamente en el 714 cuando dominaron el valle del Ebro y las tierras galluranas, en la segunda hablamos de la evolución de al-Andalus y la formación del Emirato de Córdoba y su posterior conversión en Califato durante el gobierno de Abd al-Rahman III ya en el primer tercio del siglo X. De modo que en esta tercera parte seguimos avanzando para ver cómo fue el final y decadencia del Califato cordobés y el proceso de formación de los llamados primeros reinos de taifas, incluyéndose Gallur dentro de uno de los más poderosos de toda al-Andalus: el de Saraqusta, la actual Zaragoza.

El máximo esplendor del Califato de Córdoba se produjo durante el gobierno de Abd al-Rahman III que llegó al poder en el año 912 como emir y que en el 929 comenzó a proclamarse como Califa, un título superior al de emir que tiene también connotaciones de líder religioso uniéndolo al poder político y militar que ya tenía. De hecho, el nombre completo de este título es «Jalifa rasul Allah«, que significa «lugarteniente del enviado de Dios», es de decir, del profeta Mahoma. A la muerte de Abd al-Rahman en el año 961 le sucedió en el trono uno de sus hijos, al-Hakam II, quien gobernó entre ese año y su muerte en el 976, considerándose también este periodo como una época de esplendor, especialmente en el plano cultural.

Interior de la gran mezquita de Córdoba, símbolo del poder del Estado andalusí

Pero a la muerte de este, los Califas acabaron por ser meros títeres controlados por las intrigas cortesanas y que lo mantenían apartado del mundo en lo que se convirtió en una jaula de oro, como eran los palacios de la imponente y ostentosa Medina Azahara a las afueras de Córdoba. Es en ese momento cuando surge la figura del caudillo Almanzor, que se convirtió en la figura que gobernó realmente el Califato de Córdoba, y lo hizo, nunca mejor dicho, con puño de hierro. Y es que basó su gobierno en un extraordinario poder militar y realizando numerosas campañas militares contra los núcleos cristianos del norte que no tuvieron otra opción que agazaparse y defenderse de las acometidas como podían.

De hecho ciudades como Santiago de Compostela, centro ya en ese momento del peregrinaje que movía y sigue moviendo la tumba del apóstol Santiago, fueron atacadas y destruidas hasta el punto de que se llevaron hasta la capital cordobesa las campanas del templo que guarda los restos del apóstol mostrándolas como botín de guerra. Los ataques no fueron sólo contra el reino de Asturias, sino también contra el reino de Pamplona, dentro del cual estaban integrados todavía los condados de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza, o contra el condado de Barcelona. De hecho esta ciudad también fue atacada y saqueada mientras los cristianos que pudieron subieron a refugiarse a la sierra de Montserrat.

Almanzor mantuvo la preponderancia del Califato en la península durante todo su gobierno hasta su muerte en el año 1002, pero todo ese poder desatado se mostró como el canto de cisne andalusí. Y es que el haber situado al Califa como un títere durante tantos años convirtió este cargo en algo vacío, sin poder real ni apenas forma de hacerse respetar en un Estado que tenía en muchas regiones ansias de autonomía e incluso de independencia. Ese fue siempre el caso, por ejemplo, de Zaragoza, capital de la Marca Superior, región fronteriza con el cristianismo y muy alejada del poder de la capital cordobesa. Es en esa región dependiente de Zaragoza a donde pertenecía Gallur y su entorno teniendo núcleos importantes como Tauste y sobre todo Tarazona a su alrededor.

De modo que en las primeras décadas del siglo XI comenzaron a surgir pretendientes al titulo califal o a gobernar por libre y que eran incapaces de imponerse al resto. Esas tensiones provocaron que el otrora poderoso Califato de Córdoba acabara por disgregarse y desaparecer, surgiendo los primeros reinos de taifas. Por cierto, la palabra «taifa» significa «facción».

Una de las primeras taifas en surgir y que acabaría por ser una de las más poderosas de toda al-Andalus fue, como hemos dicho, la de Saraqusta o Zaragoza, y que puede considerarse como independiente de Córdoba desde el año 1018 aproximadamente. El poder lo siguieron ejerciendo durante una primera etapa la familia de los tuyibíes, quienes llevaban ya varias generaciones gobernando la ciudad pero que ahora crearon su propia dinastía con reyes como Mundir I al-Mansúr, quien fue rey entre los años 1018 y 1022, Yahya al-Muzaffar (1022-1036), Mundir II (1036-1038) y por último Abd Allah ibn Hakam, quien sólo fue rey durante 25 días.

Dinar de oro acuñado en el año 1029 durante el reinado de Yahya al-Muzaffar de Zaragoza

El valle del Ebro fue el eje de ese reino y que ofrecía la mayor parte de su riqueza en un mundo cuya economía seguía siendo eminentemente agraria y ganadera. Esto hacía que el valle estuviera mucho más poblado que otras regiones dada la riqueza que ofrecía y que por ello a los cristianos les fuera mucho más difícil y costoso el avanzar hacia el sur que lo que le costó por ejemplo al reino de León, ya que el valle del Duero estaba muy poco poblado. También los valles de los ríos fueron durante siglos auténticas autopistas para el comercio, lo que convertía todavía más si cabe al eje del Ebro en un lugar de importancia vital. De ahí que se erigieran multitud de fortalezas, de mayor o menor tamaño, que apuntalaran la seguridad de esa fuente de riqueza.

Sabemos que en el cerro que hoy ocupa la iglesia de Gallur los musulmanes levantaron una fortificación. Y es algo perfectamente entendible ya que desde lo alto todavía hoy en día se controla una amplísima región, sobre todo en dirección hacia el norte y hacia la vecina Tauste. Esa fortificación, quizás protegiendo algún puente o simplemente un paso de lado a lado del río a través de barcazas controladas por la monarquía taifal, acabó por ir atrayendo población hacia ese Gallur de tiempos islámicos. Por fuerza pasaría por la zona una ruta que tenían organizada los monarcas zaragozanos para llevar nieve desde las alturas del Moncayo hasta sus palacios de la capital, primero en la Zuda y después en la majestuosa Aljafería. Una nieve que luego les servía para mantener alimentos frescos en neveros o incluso para enfriar sus bebidas en el caluroso verano de la zona. Pero todavía faltaba por llegar el periodo de verdadero esplendor de la taifa y que lideraría una nueva dinastía, la de los hudíes. Pero ese tema lo trataremos en la 4ª entrega de la serie de artículos que dedicamos al Gallur islámico.

Sergio Martínez Gil

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza


BIBLIOGRAFÍA


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