LA LOTETA

Agua, viento, molinos y sol cubren hoy la Loteta, testigos de de lo que pudo ser pero al final no fue, de un ambicioso proyecto con el que se quería dar de beber a los zaragozanos. Pero la salinidad de los fondos del embalse lo impidieron.

Sin embargo, azotadas por el viento, se arremolinan y se agolpan sobre las aguas del pantano todo tipo de velas de cometas y de tablas de surf; convirtiéndose el lugar, todos sábados y domingos, en punto de encuentro de los amantes del kitesurf y windsurf, también del piragüísmo y del ciclismo.

Jalonan las lomas colindantes molinos, que con sus aspas convierten en energía y dineros la fuerza de los vientos. El anterior paisaje de aquellos páramos, situados en el vértice de los términos municipales de Gallur, Boquiñeni, Pedrola, Luceni y Magallón, sólo queda en el recuerdo. Cuesta imaginarnos aquellos parajes en fechas remotas y más en concreto, en el medievo.

Aquellos eriales fueron disputados por todos estos pueblos colindantes. Noticias de juicios y de arbitrios a lo largo de los siglos nos informan de estas trifulcas. Ya en el siglo XIV, boquiñeneros y galluranos acordaron que dirimiera los límites de sus respectivos términos municipales, fray Sancho de Aragón, que no era un cualquiera sino que era hijo del mismísimo rey Pedro  III de Aragón, medio hermano del rey Jaime II y maestre de la castellanía de Amposta, el cargo más poderoso que se podía ostentar en la Lengua de España dentro de la orden de los hospitalarios, una de aquellas hermandades de monjes guerreros que luchaban contra los “infieles”. Es posible que dentro de esta discusión administrativa fueran objeto de disputa los pastos comunales de la Loteta.

Tal arbitrio se resolvió, comprometiéndose los dos pueblos a pagar la cantidad de mil maravedíes en caso de incumplir los límites impuestos por fray Sancho de Aragón. Los mil maravedíes los pagaría el municipio infractor, de los cuales la mitad irían a parar a los bolsillos de Don Sancho y la otra mitad a la localidad damnificada.

El uso de la Loteta estaba repartido entre los municipios de Gallur, Boquiñeni, Magallón y Mallén y siempre hubo discordias por su aprovechamiento. En el mismo siglo XIV, poco después del arbitrio de Don Sancho, los magalloneros pidieron al infante Don Pedro, futuro rey Pedro IV, que interviniera para que los galluranos les restituyeran el ganado que les fue hurtado cuando estaba pastando en la Loteta. A continuación, el príncipe ordenó a los galluranos que devolvieran el ganado usurpado a los magalloneros.

Pero los problemas no acabaron ahí. Los magalloneros pidieron al príncipe Pedro que les cediera unas tierras contiguas a la Loteta. En principio estos terrenos eran de realengo, propiedad del rey, y podía hacer con ellos lo que quisiera; así que el infante accedió y una vez hecha la cesión a los de Magallón, el joven príncipe se encontró con una enérgica protesta de los galluranos, que se sentían agraviados porque en la donación hecha a Magallón se incluían tierras comunales de la Loteta, que explotaban conjuntamente Gallur, Magallón, Boquiñeni y Mallén.

El heredero al trono no se fiaba de que los magalloneros hubieran sido honestos. Temía que le hubieran engañado y que hicieran pasar por tierras de realengo algunos terrenos que eran comunales, a los que también tenían derecho los demás pueblos propietarios. Decidió entonces dejar el asunto en manos del Justicia de Aragón, Don Peregrín de Anzano, que era lo más parecido al actual Tribunal Superior de Justicia, una especie de árbitro entre el monarca y los súbditos.

El conflicto no acabó con Pedro IV sino que en el siglo XVI todos los pueblos implicados se sometieron a un nuevo arbitraje  para solucionar de una vez por todas el enfrentamiento. Tampoco este arbitraje puso fin a la discordia, ya que en el siglo XVII el Justicia castigó, a los boquiñeneros primero y a los magalloneros después, por apropiarse indebidamente de la Loteta y no permitir a los demás municipios pastar con sus rebaños. Incluso a principios del siglo XIX hubo un juicio en el que se reconocía a Mallén el derecho a explotar esas tierras, que el resto de localidades vecinas le negaban.

¿Qué tenían aquellos montes desiertos de la Loteta para convertirse en manzana de la discordia? La respuesta es sal. Si esos eriales contuvieran suficiente sal como para llevar a cabo una explotación minera, seguramente el enfrentamiento entre todos estos pueblos se hubiera agravado. De hecho, hubo algún intento de explotación minera. En el siglo XIV el rey Pedro IV recompensó al acemilero mayor de la Corte, Don García Pérez Pepins, con la concesión de fabricar sal de compás, a partir de un pequeño acuífero salino situado en la Loteta. Quizás nunca haya habido suficiente sal en la zona como para hacer rentable una explotación minera, a diferencia de lo que ocurre en Remolinos; pero sí la necesaria para abastecer al ganado de este necesario y preciado material. He ahí el motivo de tanto litigio por esos pastos.

Por último, no quisiera terminar el artículo sin mostrar mi más sincero agradecimiento a José Luis Almau Supervía, que me ha facilitado el acceso a toda esta información, que comparto de esta manera con vosotros.

Santiago Navascués Alcay.

Lcdo. en Historia por la Uni. de Zaragoza.

BIBLIOGRAFÍA

• Almau Supervía, J.L. (2017); “Boquiñeni y Gallur someten sus diferencias al arbitraje de fray Sancho de Aragón. Realenco y Loteta”, en De la encomienda templaria al ayuntamiento constitucional (siglos XII-XIX). Addenda al libro Boquiñeni en la Historia, pp. 65-67.

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