EL GENERAL JAIME ORTEGA

Hubo en Gallur un general, hombre de acción, llamado Jaime Ortega y Olleca. Era hijo del gallurano Ramón Ortega Terrer, de la casa de los Ortega, importante familia noble del lugar, que tenía su palacio y residencia en la villa de Gallur, en la Calle Mayor, en lo que hoy en día es la sede de A.D.R.A.E. Su progenitora fue la taustana Francisca Olleta Giménez-Frontín. Es por eso que nació en Tauste el 28 de febrero de 1817, recién acabada la Guerra de Independencia, aunque se educó y pasó su infancia en Gallur.

Pertenecía a una familia de armas, ya que su padre combatió contra el invasor francés en la Guerra de la Independencia. Su tío Francisco Ortega, más político que militar, fue capaz de confraternizar con los invasores galos durante la guerra, que esto no le pasara factura y que cuando vencieran los españoles y regresara el rey Fernando VII, fuera nombrado alcalde de Gallur. Podría aplicársele aquella frase del Quijote que dice así: “Bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: ¡Viva quien vence!”.

El protagonista de nuestro artículo tomó el ejemplo de padre y tío, e intento destacar en ambas artes, tanto la política como la militar. Creció junto a su primo Tomás y veía como la vía de la política la tenía por aquel momento truncada, ya que quien gobernaba la villa era su tío y era más fácil el ascenso y la promoción en este terreno de su primo. Así que siendo un adolescente marchó a Zaragoza e ingresó en el Colegio Militar.

Eran tiempos agitados y, siendo subteniente de caballería, estalló en 1833 la Primera Guerra Carlista. Los conflictos bélicos son el sueño de cualquier joven militar ambicioso, pues son gestadores de grandes oficiales y por tanto, una oportunidad de ascenso en el escalafón del ejército.

En esta cruenta guerra que duró siete años, se enfrentaban dos modelos de Estado. Por un lado el carlista, defensor del absolutismo, el Antiguo Régimen y el feudalismo, cuyo lema era: “Dios, patria y rey”, que pretendía entronizar al hermano del difunto monarca, Carlos María Isidro. Y por otro lado el liberal, antecesor de nuestra democracia y secundado por la reina Isabel, o más bien por su regente y esposa del fallecido rey Fernando VII, María Cristina.

Sobre esta guerra civil llama la atención dos hechos. Primero, que la mayoría de los escenarios bélicos tuvieron lugar en el País Vasco y los antiguos territorios de la Corona de Aragón (Huesca, Zaragoza, serranías turolenses, el Maestrazgo, las sierras catalanas y la provincia de Castellón). Y segundo, y no menos importante, el alto grado de apoyo del campesinado a la causa carlista.

A priori, puede parecer que aquellos campesinos que apoyaban a un candidato al trono que quería gobernar de forma absoluta, sin reconocer la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, y que pretendía restablecer una sociedad de privilegiados; no actuaban de manera muy inteligente que digamos, ya que ello suponía seguir pagando parte de sus cosechas al señor del lugar o diezmos –décima parte de la cosecha- a la Iglesia.

Sin embargo, el estado liberal era un proyecto de país hecho por y para la burguesía. Cabe destacar que no todos ciudadanos tenían derecho a voto, tan sólo los adinerados –es lo que se conoce como sufragio censitario-. En segundo lugar, si bien es cierto que el campesinado español tuvo mayor acceso a la tierra que el campesinado inglés, no llegó al nivel del que disfrutaron los franceses. En base a esto no se puede afirmar que la revolución liberal en España fuera un fracaso, pero tampoco fue, ni mucho menos, la panacea para el campesinado. Este se quedó de repente sin las tierras comunales de los ayuntamientos, que fueron subastadas. Lo mismo ocurrió con las tierras desamortizadas de la Iglesia y con las tierras de los antiguos señoríos. Así que muchos de ellos se vieron reducidos a la condición de jornaleros que trabajaban de sol a sol, recibiendo míseros salarios. Además los señoríos eclesiásticos de los monasterios ejercían una presión menor sobre los labradores que los señoríos laicos. Es por eso, que en Teruel, zona donde predominaban los señoríos eclesiásticos, el carlismo gozó de mayor apoyo que en el valle del Ebro, donde eran más frecuentes los señoríos laicos.

Don Jaime Ortega tomó partido por el bando isabelino y tuvo la suerte de apostar por el caballo ganador, lo cual le encumbró. Se distinguió en los combates del Maestrazgo, uno de los lugares donde se desarrolló con mayor virulencia el conflicto. Allí ganó tres ascensos por méritos de guerra, tres cruces laureadas en el pecho y la cruz del mérito militar.

Al acabar la guerra en 1840, volvió a Zaragoza con todos estos galardones. Se casó con la bella Paca López Ballesteros, hija de un general, solicitó el retiro y consiguió un acta como diputado a Cortes. Se oponía al general y político liberal Baldemoro Espartero por considerar que ayudado de la Milicia Nacional –antecesora de la Guardia Civil-, había convertido su gobierno en una dictadura.

El general Espartero cada vez perdía más partidarios y en ese contexto, Jaime Ortega escribió un duro manifiesto en contra de aquellos esparteristas que en teoría eran liberales pero gritaban, según sus palabras: “viva la libertad y mueran los que no piensen como yo”. A continuación un gentío de esparteristas se presentó a las puertas de su casa con la intención de asaltarla. Al parecer, nuestro personaje reaccionó abriéndoles las puertas y diciéndoles las siguientes palabras:

“Supongo que no os habréis reunido dos mil aragoneses para luchar contra uno sólo. Aquí me tenéis a disposición del que quiera batirse conmigo en buena lid.”

De repente, emergió entre la multitud un veterano que aceptó el duelo. Pero todo se trataba de un ardid planeado con quien aceptó el lance, pues nunca hubo tal duelo. Ambos huyeron a caballo, una vez se disolvió la multitud. Ya fuera de Zaragoza, reclutó a cientos de hombres en Ejea, Tauste, Gallur y el Campo de Cariñena, y con ellos se dispuso a sitiar la ciudad, siendo derrotado por la Milicia Nacional. Sin embargo, tuvo la suerte de que a los pocos días cayó el gobierno de Espartero y volvió al servicio militar, esta vez en el grado de coronel, con tan sólo 26 años.

Siendo ya brigadier, acudió a Portugal dirigiendo la vanguardia del ejército español, para ayudar a los liberales portugueses a derrocar al absolutista rey Miguel. La campaña se saldó con un éxito y con el ascenso a mariscal de campo. Tenía por aquel entonces 30 años.

Al poco tiempo, el general Espartero volvió a ocupar el gobierno y a nuestro joven biografiado no le quedó más remedio que exiliarse a París si quería evitar las peores consecuencias. Allí estableció contacto con la emperatriz Eugenia de Montijo y con el emperador Luis Bonaparte, quien le concedió el emblema de Caballero de la Legión de Honor. Por esta etapa se le supone un romance con Teresa González de Castejón, oriunda de Borja, dama de honor y confidente de la reina Isabel.

Acabado el segundo y efímero gobierno de Espartero, volvió a España y con el grado de general se le destinó a Mallorca, encargado de regentar su Capitanía General. Desde allí desembarcó en San Carlos de la Rapitá con la intención de dar un Golpe de Estado, que enseguida fue desmantelado por sus propios hombres. Es por ello que acabó sus días fusilado el 16 de abril de 1860.

El motivo de aquel intento de pronunciamiento es todavía un misterio. Hay quien sostiene que se cambió de bando y se volvió carlista. Esto resulta difícil de creer porque sería contravenir toda su carrera de apoyo a la reina Isabel y de lucha en favor del liberalismo. Algunos sugieren que el pronunciamiento se hizo con la aquiescencia y el favor de la reina, y que el fatal destino de Jaime se produjo por negarse a delatar a los cabecillas de toda la trama, entre los que podía estar la reina, que podía tener intereses en derrocar a aquel gobierno. Puede que simplemente fuera seducido por la posibilidad de gobernar, que quisiera ser un Espartero, Narvaez u O’Donnell; y en la época la única manera de hacerlo era mediante un pronunciamiento porque el partido que convocaba las elecciones siempre las ganaba, lo cual dice mucho de las garantías y fiabilidad de esas primeras elecciones de nuestra historia. ¿Quién sabe?

 

Santiago Navascués Alcay

Lcdo. en Historia por la Univ. de Zaragoza

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